
Francia prerrevolucionaria. Una familia está sentada alrededor de una mesa, a punto de empezar a comer. Vestidos de época, vajilla elegante, candelabros, una mesa cuidadosamente preparada…
Una de las hijas alarga la mano hacia la fruta. Otra empuña ya los cubiertos. Pero el padre las detiene.
Todavía no.
Hace sonar una campanilla y, mientras comienza a escucharse El verano de Vivaldi, entra en el comedor un pintor con su caballete, sus pinceles y sus óleos.
Lo que ocurre después es tan absurdo como reconocible.
El anuncio de Ikea, titulado Let’s relax, imagina cómo habría sido nuestra obsesión por fotografiar y compartir la comida en una época sin móviles ni redes sociales. Y lo hace con una exageración brillante que conviene no desvelar.
Porque el verdadero protagonista del anuncio no es el teléfono. Es la espera.
Vacaciones que se enfrían en la mesa
Mientras buscamos el encuadre perfecto, la comida se enfría. Pero no solo la comida.
También puede enfriarse una conversación, perderse un gesto espontáneo o pasar inadvertida una puesta de sol. Podemos estar tan ocupados intentando conservar un momento que terminemos por no vivirlo.
Las vacaciones son especialmente propicias para caer en esa trampa. Queremos fotografiar el viaje, la playa, el restaurante, el paisaje, los niños sonriendo. Y no hay nada malo en ello. Las fotografías guardan recuerdos y nos permiten compartirlos.
El problema comienza cuando ya no fotografiamos porque estamos viviendo algo, sino que vivimos pensando en cómo quedará fotografiado.
Entonces el descanso se convierte en exhibición. La experiencia, en contenido. Y la felicidad, casi sin darnos cuenta, en una competición sometida a la aprobación de los demás.
El lema del anuncio lo resume perfectamente:
It’s a meal, not a competition. Let’s relax.
Es una comida, no una competición. Relajémonos.
Tal vez sea también un buen mensaje para estas vacaciones. No tienen que ser perfectas, extraordinarias ni envidiables. No todo momento feliz necesita una fotografía. No todo recuerdo necesita espectadores.
A veces basta con guardar el móvil, mirar a quienes tenemos delante y hacer la pregunta que parece formular una de las hijas del anuncio:
¿Podemos empezar ya?


